De un corte a la realidad, o, de varios cortes, de vuelta a la realidad.
Si hay algo que me desagrade más es no poder sentir, no poder ver, no poder escuchar, ser un vegetal. Ser una cosa amorfa que se desliza. Y no es solo eso.
Lo patético aún ni siquiera asoma. Cuando empezas a rogar por amor, a rebajarte, a liquidarte por un poco de amor, ahí sí, bienvenida a lo patético. Es un círculo, empezas a desmenuzarte, y querés ansiosamente que alguien note tu presencia, que alguien te acaricie (o al menos, te roce), que alguien te mire fijo, y sino lo logras, es cuando sabés que lo inevitable llegará.
Sin una pizca de algo similar al amor, sumado a información de ajenos que entra en tu cabeza (y así como entra, sale), que no te interesa en lo más mínimo, pues claro, porque estoy en mi búsqueda frenética de un humano que note mi respiración, que me consume casi todo el día, sin tiempo para otras actividades, o distracciones. Y sí, lo inevitable tenía que llegar.
La eterna simulación, la actriz multipremiada entra en acción, tan perfecta que asusta, es ella, la única que finge maravillosamente, y al llegar a casa, es el mismo manojo de desesperación que antes de salir. Entonces, lo inevitable no tardaría en llegar.
Después de un agotamiento atroz, y una búsqueda sin éxito, lo inevitable arriba a su puerto.
Un corte, dos, cuatro, siete... y de vuelta a la realidad, por un tiempo puedo vivir sin amor.
¿Por cuánto tiempo?.
Soy una asquerosidad dependiente...
